Con Uriel caminamos buscando un par de tarjetas. Me cuenta de sus nueve años en la tierra y a la vuelta de una esquina me pide que pague un vaso de agua fresca para su garganta acalorada.
Por la tarde salgo con destino a una ciudad polvosa a traficar con apéndices de cera para las oraciones de los (que quieren ser) salvos y el recuerdo de los difuntos.
Bajando del mamut que me transporta, hallo las guaridas cerradas. Espero afuera de una, hasta que pasan por mí en una camioneta azul. La mujer de Carlos preparó un caldo de gallina sin sal.
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