Antes de echarme a dormir oigo el relincho de los gallos.
Mientras algunos empiezan a encender la rutina, yo cierro los ojos.
Me sueño recorriendo una avenida vieja, buscando una máquina para desatarme el aburrimiento. Un amigo me acompaña y pronto se pierde. Cuando empiezo a buscarlo la avenida se ha mudado el asfalto y está llena de mujeres que ofrecen la miel oscura de sus carnes a hombres solitarios.
Un puente mugroso está frente a nosotros como una salida, pero no puedo subirla.
El despertador sonó tres veces.
La tercera se sincronizó con una sacudida de la tierra. Hora y media más tarde estiro los huesos y salgo con un destino repetido.
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