En una tienda de cd's piratas de precio excesivo me recordé algunas palabras no pronunciadas, pero sospechadas en la ambigüedad de tu abrazo.
Yo no soy el zorro domesticado, ni tú la princesita que cuenta su historia mientras espera el autobús de vuelta a casa, planeta de atardeceres infinitos.
Soy yo el que espera boleto en mano en una terminal con bancos a los que la virgen mira cómo se les cae la pintura.
El espejismo era yo, tratando de reflejarme en tí.
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