Me paso la mañana recortando periódicos.
Vuelvo a necesitar del café que ya no tengo.
Extraño también el ojo que he perdido.
Atardece y tomo de nuevo mis cosas rumbo a Tlapa de Polvonfort.
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Cuando uno derriba sus catedrales, lo más probable es que sienta una rabia mezclada con angustia y sorpresa, incredulidad.
Ver cómo por su propio peso van cayendo sólo tiene un adjetivo: desgarrador.
Eso sentí al escuchar el cuerpo de Ana cayendo a mitad de la calle, al volver la vista y verla angustiada por la agilidad perdida.
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