Cerca de la zona militar me escurro bajo un puente obstruido para los autos.
Toco un timbre ciego con un margen de error de tres casas.
Con un silbido, Saúl llama a las cervezas, que acuden prestas. Mi teléfono suena insistente.
Desde este cuarto se ve un cielo casi huérfano de nubes. Abajo el césped invita a un clavado irreversible.
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Dormí en el camino de vuelta a casa, mirándole las tetas a una chica que me también me miraba, sin mucho agrado.
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En una casa en el culo del pueblo un alacrán atacó a un imbécil más borracho que nadie. Mientras lo acompañábamos a buscar remedios, nos topamos con la magnitud callada de las estrellas refulgiendo en lo alto, como reprochándonos algún descuido.
En verdad, que sentí ganas de llorar.
Volví a casa solo, con el estómago ardiendo.
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