Mientras describo en una pantalla sucia mis caídas suena la alarma de temblor.
En Acatlan barremos el polvo de una casa, servimos luego en griales improvisados el tequila que ha de bendecir las horas siguientes.
Después de empequeñecer a un hombre desconocido, el miedo me llena. Un miedo fanático que no sabrè explicar después.
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