Empujando las bolas al contador mi estómago se revuelve.
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En California la carne y el tequila barato no se muestran reticentes en nuestra mesa. Otra vez me detengo ante un abismo que prefiero negarme: la borrachera.
Apenas a tiempo esquivo la suerte, el aire sopla fresco afuera de una camioneta cerrada.
En los bares de la periferia había demasiado silencio. En la cabina de la camioneta los grillos frotaban sus ensordecedoras alas.
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