Miramos todos en la misma dirección: el aburrimiento.
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En Acatlán las cervezas abrieron solas su garganta fría. Marco siete dígitos y nadie responde. Como un huérfano miro mis manos desamparadas, como un huérfano dejo el auricular colgando de la mesa, y desde el fondo de éste, colgando una grabación repetida.
En Zitlala hallamos a V, un mezcal de mala calidad y un universitario repitiendo una palabra domingera para intelectuales de bolsillo: praxis.
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En la placita otra vez me adivino solo. Las luces estaban apagándose cuando llegué.
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