No hallé el pegamento para fijar las palomas en las calles. Buscando tu rostro miré labios leporinos entre las piernas alcoholizadas de una mujer de risas estruendosas; borracho -yo también- me quedé sospechando en la botella tu sonrisa.
Esa noche le escribí una carta a una mujer que, como a tí, desconozco. Le hablé de pocas cosas mientras por mi cabeza se curzaba un tlacuache muerto, colgado en una alambrada cercana a la frontera.
Ignoro la certeza que estas líneas lleven consigo, o los cataclismos que provoquen. Ahí las dejo, bombas de tiempo, bromas sin más cargo que la inutilidad.
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