sábado, diciembre 29

21

Mi madre entra sigilosa en la casa, deja en la mesilla de la sala un billete para mis manos.

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El monitor me fija la columna al sillón. Al mediodía salgo a buscar la voz de una mujer con la crin teñida de rubio. Una multitud aclama, sin saber la causa, las palabras que masculla su boca sin lava: una tumba de gusanos me dibujó la inercia cuando por fin pude ver su perfil asimétrico.

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Todos estaban borrachos cuando doblé la esquina después de dejar al güero cerca de su casa, ahogado y sin playera.
Al costado llevo guardados los salvoconductos para tres hombres.
No quiero perderlos.

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