Cuando llegué ante la fogata el estómago me pesaba como si llevara dentro una supernova muerta.
Dejé a todos en una banqueta alejada de las luces y el ruido. Mientras daba vuelta a la esquina un grupo de borrachines se acercó a olfatear el sexo de las chicas.
No hallaba las llaves de mi celda: quizá fuera culpa de la sobriedad.
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