Desmembrado pasó el tren: le faltaba el cuerpo a la cabina, no así el pitido.
Por un auricular con interferencia la voz que merodea mis noches pone el dedo en el renglón del amor. Lleno de miedo balbuceé.
Lleno de miedo desperté, con la soledad incrustada en la quijada, ermitaño.
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