Revolviendo el polvo de las calles busco una máquina con vientre húmedo para exorcisar la tarde. Una mujer llega a salvarme mientras me lleno la mandíbula de animales muertos.
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Olvidé mi promesa de no besar los labios de esa botella verduzca, chaparra.
Marcando siete números sin cabala absorbo por el oído las noticias. Llegando al pueblo el frío me besará las manos como un ahijado a su padrino recién llegado.
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