Frente a un monitor de fusilamiento llega el pelotón a avisarme la nueva sentencia: salir a la calle con el frío ondeando sus banderas.
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Montado en las alas de un viejo taxi llego al aquelarre de luces. Mis oídos se llenan de ruido y gritos, mis piernas me llevan sin querer a la boca de un loro malherido y bailarín.
Antes del amanecer abro una puerta, atravieso la carretera y entro a casa.
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