Bajo el chorro de la regadera siento que me falta el aire y abro los ojos. Mi cabeza punza, mis nervios están a tope.
Casi repuesto y bastante tarde entro de nuevo en la sala.
A la vuelta de la esquina, quince minutos después, bebo desesperado un hidratante mientras rehuyo las ganas de vomitar.
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Caminando por Alameda recibo tus mensajes, pero en algún momento el viento se los lleva lejos.
En la plaza de toros no hacía frío, y las cervezas estaban demasiado caras para mi bolsillo. Dos mil pasos más tarde subí a un cuasi autobús y en Chilapa desembarqué.
Mis costillas temblaban por el camino lleno de niebla. Con las ganas de leer me quedo dormido, en mi cuarto ciego.
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